Tuesday, January 26, 2010

Wednesday, January 13, 2010



Despiertas gritando, como lo has hecho últimamente, sin pretenderlo… Después de que él se fue; después de que mandó al demonio la esperanza de amarte como antes y olvidó las interminables noches de locura juntos. Una lágrima invade tu mejilla y tocas tu pecho, sientes el latir de tu corazón, ahora destrozado. Palpita acelerado, producto de las pesadillas que amenazan con atacarte mientras duermes. Te duele… duele ahí donde descansa tu mano. No puedes creer que de verdad, todo haya terminado. Y que nadie, ni una sola alma te avisara que el dolor… el dolor que sería la muerte, que no te dejaría vivir, te obligaría a pensar que la vida sería mejor si dejases de existir, te llevaría abrir los ojos inundados en lágrimas de rabia y gritar... gritar un ¿Por qué?

Te recuestas de nuevo, dejando que tu cabeza descanse en la almohada, sin haber quitado nunca la mano de tu pecho y contando cada uno de los latidos. Sonríes. Por lo irónica que puede llegar a ser la vida y sin atisbo de vergüenza, reírse en tu cara.

Ya todo te parece tan normal; cada sollozo y suspiro que acompaña a los recuerdos. Como si vivieras de ellos, aunque este viejo dolor aún es nuevo para ti. Ya nada podría doler más que eso, más que sentirte vacía.

Volteas tu rostro al lado contiguo donde descansa tu cuerpo y miras ese lugar dónde ahora debería estar descansando él y por fin mueves la mano de tu pecho; la deslizas hacia ese espacio vacío, lo acaricias con parsimonia, dejando que te queme ese suave contacto. Ruegas a cualquier entidad divina por que esa tortura acabe. Que aunque lo extrañes de esa forma inhumana, dejes de necesitarlo como lo haces, para que al fin se esfume; se alejen todos sus momentos juntos y se quemen en el largo de la noche y del día… pero que todo acabe y te traiga paz.
Te quedas así por interminables segundos, sin moverte ni un solo centímetro, mientras cierras tus ojos y empiezas a recordar tu pasado, ahora tan lejano. Una sonrisa fugaz aparece en tu pequeño rostro, ahora marcado por las interminables noches en vela y las lágrimas que luchan contra tu voluntad de nunca dejarlas salir. Pero, por desgracia el pasado no siempre se queda ahí, y tu sonrisa se desvanece poco a poco al llegar a tu presente; lleno de dudas, dolor y dramatismo. Ya no sabes que ha sido de él, ni siquiera si aún vive, no se ha dignado a llamarte y contarte cómo es su vida después de ti... pero tampoco es cómo si esperas que eso suceda; sólo es una pequeña esperanza, que poco a poco se extingue.


Te sientas en la cama, como acto reflejo a la rabia que comienza a crecer en tu interior y a ese enorme nudo en la garganta que te impide respirar. Sueltas un aullido de dolor seguido por unas pequeñas gotas que salen de tus ojos, sin permiso alguno. Te pones de pie y caminas al cuarto de baño.

Te maldices por lo bajo cuando te vas quitando poco a poco la ropa. Maldices a tu conciencia y a tu corazón, por no ayudarte a sanar la herida que se encuentra al rojo vivo y por que permitan que en días te distraigas dejando de pensarlo, y de repente, como si fuese un pecado mortal, mientras intentas mantener a raya todas esas imágenes, que desaparecieron algunos momentos, te invadan de un solo golpe, sin piedad. Recargas tu cuerpo en el retrete y te estremeces. Las lágrimas no dejan de salir. Molesta de nuevo por tu debilidad, te pones de pie y abres la regadera.

Dejas que el agua caiga en toda tu anatomía, que limpie cada rastro de él, de su olvido y de tu dolor.

- "Te amo y jamás me iré de tu lado... pase lo que pase" - Recuerdas esas palabras que una vez murmuró en tu piel cuando se amaban en ése mismo lugar, y te das cuenta que ahora... no significan más que eso, palabras que se lleva el viento.


Gritas, más fuerte que nunca, como jamás lo has hecho y te dejas caer poco a poco con la espalda recargada en la pared. Recargas ambas manos en tu rostro, para después pasar solamente una de nuevo a tu pecho. Notas que tu pulso ahora es normal y suspiras.

Levantas la vista al techo y pides con el alma que él se encuentre bien, no eres nadie ni nada para desear el mal a alguien más, y menos a esa persona que algún día no trajo más que felicidad y amor en tu vida. Aunque ahora, en ese momento, sea el motivo por el cuál te encuentras así, tirada en el suelo, con unas ganas inmensas de reclamar a quién fuera que permitiera que eso pasara, pero luego caes en la cuenta que la culpa en mayor parte es tuya, por no seguir con tu vida y dejar que ese dolor fuese todo lo que diera indicios de que respirabas, que vivías. Por convertirlo en el centro de tu vida, en lugar de una etapa de ella.

Tienes la esperanza de que tal vez contigo se concrete la inminente prueba de que sí... de amor se puede morir. Porque no hay nada que desees más que el momento en el que sientes ese líquido vital correr sobre todo tu cuerpo; que acaba con toda esa patética y dolorosa obra teatral en la que sólo tú, la única actriz en escena morirás... con final trágico.

Tuesday, January 12, 2010